Este es un relato que escribí hace poco para un amigo que no estaba pasando por el mejor momento en su relación. Espero que le sirva tanto como a mí me ha gustado escribirlo.
Los papeles desparramados por el suelo, como la ropa, como la vergüenza; olor a vainilla en el templo del saber y un té sobre la mesa.
Mordiscos, suspiros y palabras malsonantes haciendo eco, de la boca a la librería, de la librería a la alfombra y de la alfombra nuevamente a la boca.
Ha soñado tanto con ella, tanto con hacerle esas cosas sucias, tanto con que ella también quiera, que ahora que está ocurriendo, en ese preciso instante, en ese mismo momento, no termina de creérselo.
Desde que entró en la sala de lectura vacía en una tarde de primavera, sofocante, inesperada, y ella dijo “he estado pensando en ti” y él pensó en decir “también yo”, ha estado soñando. Tanto calor, tanto deseo, tantos planes… ni siquiera sabe cómo debería sentirse ni está seguro de cómo continuar. Sólo evita detenerse, el resto vendrá por sí mismo con el tiempo.
Las palabras no son suficientes para expresar las ganas, el anhelo tan profundo que alberga dentro de sí. Necesita, aunque sólo sea durante un breve instante, sentir que es la única persona que le ha hecho eso jamás. Sabe que nadie la va a desear tanto como él, que nadie se lo va a hacer tan sucio, tan descontrolado, tan auténtico. Y es fascinante saber que ella se ha dado cuenta, de otro modo no estaría allí, pegada a esa pared, semidesnuda y abierta de piernas como si no hubiese nada más importante en el mundo.
Se aferra a su cuerpo, a su piel, a su alma, no sea que la pierda.
Ella lo acaricia, él la besa. Ella lo saborea, él la toca. Se escabulle en su interior sin avisar.
Suspiran, jadean, susurran, gritan, muerden, besan, chupan, succionan, tocan, agarran, acarician.
De la pared al suelo, el ritmo frenético, sudoroso, de los cuerpos no se ralentiza. Ella arquea la espalda perdida en un océano de sensaciones, él busca desesperadamente encontrar el modo de exteriorizar todo lo que está experimentando.
Grita, se desgarra la voz y piensa que esa situación es la definición perfecta para la palabra épico. Más dentro, más profundo. Más real. Ya no es lo físico, sino la ausencia de soledad, lo que le causa placer. Ella tampoco quiere nada más de él, nada más que su cariño.
Lloran, saborean sus propias lágrimas comprendiendo, aceptando.
Y estallan en un éxtasis suave, brutal.
lunes 2 de noviembre de 2009
miércoles 14 de octubre de 2009
Tests absurdos sobre temas no tan absurdos
Me han pasado este test, pequeñitos míos, para que lo publique en el blog. Y como es un test eroticoso, exactamente igual que este blog, aquí va. Estas son mis respuestas pero si dejáis comentarios poned las vuestras: la curiosidad no tiene límites.
1 - Cuéntanos una fantasía y con quién la realizarías
Bueno, veréis, temo con esto copietear al señor don Vasko, pero es que es realmente la mayor fantasía sexual que tengo. Me lo montaría en el altar de una iglesia; la idea me resulta tan blasfema y atractiva que probablemente no me de la gana de morirme sin haberlo hecho. ¿Con quién? Pues creo que no sabría decirlo con exactitud. Me da igual a decir verdad, pero por elegir a alguien... me lo montaría con Gerard Buttler.
2 - Cuéntanos una situación comprometida, divertida, que te avergonzara, etc.
Si tiene que ser una situación sexual... no ha sido una, han sido cuatro, las cuatro veces que CPU, también llamado Aldo, el gerente de la residencia en la que me alojo durante el curso universitario, me interrumpió el polvo con mi novio. No es que viese nada que no debiera ver, pero molesta bastante cuando estás al lío y de pronto oyes golpes en la puerta y su voz al otro lado pidiéndote que bajes a ver Pressing Catch con él.
3 - Un amor prohibido con detalles escabrosos
Mi vida no es tan interesante, aunque algo hay, algo hay...
4 - ¿Cómo sería tu amante perfecto?
El amante perfecto... ¿existe eso? Si existiese, tendría la voz grave y profunda, el pelo negro, probablemente largo (una melena corta o algo así) y ondulado, perilla por supuesto, la piel clara, los ojos grises... Y nada de eso último me importaría si fuese inteligente, irónico, culto y me hiciese reír.
5 - Confiésanos cuáles son tus zonas erógenas
El cuello es la zona más erógena que tengo, sobre todo la parte de la nuca, y otras menos accesibles que no comentaré aquí, a pesar de que esto es un blog erótico, jojojo...
6 - ¿Qué te resulta más sensual de tu amante?
La voz, las voces profundas y los susurros, el aliento en la oreja, mordisquitos en la nuca... no me reconozco cada vez que mi novio hace eso, de pronto pierdo el autocontrol.
7 - Una canción para hacer el amor
Definitivamente Angel, de Massive Attack. Esa canción, que no habla de sexo ni de nada remotamente parecido rezuma erotismo en cada nota, al menos así la entiendo yo.
8 - Un lugar para hacer el amor
Cualquier superficie sobre la que pueda rodar para cambiar de postura, y no haga falta que él se retire de encima de mí y nos coloquemos o lo haga yo. Personalmente la hierba me parece una buena opción y en una noche de tormenta sería ideal; contra un árbol también me parece una buena opción.
9 - ¿Alguna comida o bebida afrodisíaca?
Siempre le digo a mi novio que si se reboza con natillas y canela no me importaría darle un buen mordisco. Aunque lejos de las natillas y la canela, nunca me ha hecho falta comida para morder y dejarme morder, o para excitar o excitarme.
10 - ¿Con qué blogger tendrías un affair?
Ah, esta es la difícil. =)
A ver, yo creo que tendría un affaire con cualquiera de los bloggers a los que conozco. Tendría un affaire sin mayor problema con Alex, el blogger de De mi Cabeza a Vuestra Mesa, con Bennacker, mi compañero en A Través del Tiempo (aunque con él ya he tenido un affaire y más que eso jujuju), hasta con Learilla, de A Pray for Forgiveness, tendría yo un affaire. Y cómo no, por supuestísimo que tendría un affaire con el señor don Vasko, de Crónica de un Renegado, que me ha mandado este test y que me tiene loca, ¡loca me tiene!
1 - Cuéntanos una fantasía y con quién la realizarías
Bueno, veréis, temo con esto copietear al señor don Vasko, pero es que es realmente la mayor fantasía sexual que tengo. Me lo montaría en el altar de una iglesia; la idea me resulta tan blasfema y atractiva que probablemente no me de la gana de morirme sin haberlo hecho. ¿Con quién? Pues creo que no sabría decirlo con exactitud. Me da igual a decir verdad, pero por elegir a alguien... me lo montaría con Gerard Buttler.
2 - Cuéntanos una situación comprometida, divertida, que te avergonzara, etc.
Si tiene que ser una situación sexual... no ha sido una, han sido cuatro, las cuatro veces que CPU, también llamado Aldo, el gerente de la residencia en la que me alojo durante el curso universitario, me interrumpió el polvo con mi novio. No es que viese nada que no debiera ver, pero molesta bastante cuando estás al lío y de pronto oyes golpes en la puerta y su voz al otro lado pidiéndote que bajes a ver Pressing Catch con él.
3 - Un amor prohibido con detalles escabrosos
Mi vida no es tan interesante, aunque algo hay, algo hay...
4 - ¿Cómo sería tu amante perfecto?
El amante perfecto... ¿existe eso? Si existiese, tendría la voz grave y profunda, el pelo negro, probablemente largo (una melena corta o algo así) y ondulado, perilla por supuesto, la piel clara, los ojos grises... Y nada de eso último me importaría si fuese inteligente, irónico, culto y me hiciese reír.
5 - Confiésanos cuáles son tus zonas erógenas
El cuello es la zona más erógena que tengo, sobre todo la parte de la nuca, y otras menos accesibles que no comentaré aquí, a pesar de que esto es un blog erótico, jojojo...
6 - ¿Qué te resulta más sensual de tu amante?
La voz, las voces profundas y los susurros, el aliento en la oreja, mordisquitos en la nuca... no me reconozco cada vez que mi novio hace eso, de pronto pierdo el autocontrol.
7 - Una canción para hacer el amor
Definitivamente Angel, de Massive Attack. Esa canción, que no habla de sexo ni de nada remotamente parecido rezuma erotismo en cada nota, al menos así la entiendo yo.
8 - Un lugar para hacer el amor
Cualquier superficie sobre la que pueda rodar para cambiar de postura, y no haga falta que él se retire de encima de mí y nos coloquemos o lo haga yo. Personalmente la hierba me parece una buena opción y en una noche de tormenta sería ideal; contra un árbol también me parece una buena opción.
9 - ¿Alguna comida o bebida afrodisíaca?
Siempre le digo a mi novio que si se reboza con natillas y canela no me importaría darle un buen mordisco. Aunque lejos de las natillas y la canela, nunca me ha hecho falta comida para morder y dejarme morder, o para excitar o excitarme.
10 - ¿Con qué blogger tendrías un affair?
Ah, esta es la difícil. =)
A ver, yo creo que tendría un affaire con cualquiera de los bloggers a los que conozco. Tendría un affaire sin mayor problema con Alex, el blogger de De mi Cabeza a Vuestra Mesa, con Bennacker, mi compañero en A Través del Tiempo (aunque con él ya he tenido un affaire y más que eso jujuju), hasta con Learilla, de A Pray for Forgiveness, tendría yo un affaire. Y cómo no, por supuestísimo que tendría un affaire con el señor don Vasko, de Crónica de un Renegado, que me ha mandado este test y que me tiene loca, ¡loca me tiene!
martes 5 de mayo de 2009
Oda a un Amigo: Parte Segunda
Segunda parte de este regalo.
Adecentando sus ropajes
su majestad aguardaba:
dueño de sueños e ilusiones,
príncipe de poco y rey de nada.
Distraído en sus quehaceres,
sabía quién se acercaba,
y se decidió a recibirla
sentado en su trono de plata.
Llevaba una corona,
un cetro y una espada;
vestía capa sobre el cuerpo
y soledad muy dentro del alma.
Fuertes deseos candentes
encendieron entonces sus ganas,
y corrió, sin detenerse,
al encuentro de su musa soñada.
La vio curioseando en unos libros
de su biblioteca sagrada,
y supo, sin temor a duda,
que algo grande le esperaba.
Próximamente: más.
Adecentando sus ropajes
su majestad aguardaba:
dueño de sueños e ilusiones,
príncipe de poco y rey de nada.
Distraído en sus quehaceres,
sabía quién se acercaba,
y se decidió a recibirla
sentado en su trono de plata.
Llevaba una corona,
un cetro y una espada;
vestía capa sobre el cuerpo
y soledad muy dentro del alma.
Fuertes deseos candentes
encendieron entonces sus ganas,
y corrió, sin detenerse,
al encuentro de su musa soñada.
La vio curioseando en unos libros
de su biblioteca sagrada,
y supo, sin temor a duda,
que algo grande le esperaba.
Próximamente: más.
martes 17 de marzo de 2009
Oda a un Amigo: Parte Primera
Esta es la primera parte de un poema que he escrito para alguien a quien, por un motivo u otro, aprecio de sobremanera. Sé que en el terreno de la poesía no soy nada buena, tú ostentas el liderazgo, y es ese un hecho indiscutible. Pero espero sepas apreciar el esfuerzo de esta humilde narradora que trata de innovar. Siento haber tardado tanto; muchas felicidades, aunque sean estas atrasadas.
Érase una vez
un hada de piel dorada,
alas de cristal
y mirada extraña.
Por C comenzaba
el nombre de esta dama,
C era su lema
y también C su lacra.
Despreocupada vivía
en una jungla urbana,
vestía de rojo y negro,
sobre barro caminaba.
Una tarde, mientras llovía,
entre los árboles volaba,
hablando con duendes anarquistas
y algunas brujas borrachas.
A lo lejos percibió, entonces,
torres de piedra blanca.
Se atrevió a entrar de pronto
en el misterioso palacio del habla.
un hada de piel dorada,
alas de cristal
y mirada extraña.
Por C comenzaba
el nombre de esta dama,
C era su lema
y también C su lacra.
Despreocupada vivía
en una jungla urbana,
vestía de rojo y negro,
sobre barro caminaba.
Una tarde, mientras llovía,
entre los árboles volaba,
hablando con duendes anarquistas
y algunas brujas borrachas.
A lo lejos percibió, entonces,
torres de piedra blanca.
Se atrevió a entrar de pronto
en el misterioso palacio del habla.
martes 4 de noviembre de 2008
Reflejos
Este no es un relato de mi autoría completa, lo hemos desarrollado Xerno, un Mc de los buenos, y yo, así que os ruego que le reconozcáis el mérito, es un gran pensador.
Le cruzó la cara de una bofetada, pero no le resultó útil.
Ella se levantó y salió corriendo, derramando lágrimas y cavilando en que jamás se lo perdonaría.
Permaneció estático en el lugar, el sudor resbalando a través de sus sienes… necesitaba detenerse, detenerse y pensar. Pensar en todo, en su vida, en su trabajo, y en el simple hecho de que acababa de abofetear del modo más humillante al único ser que merecía la pena de todos los que había conocido a lo largo de su vida.
Se desplomó sobre el sillón raído y deslizó las palmas de las manos sobre los muslos, encogiéndose; la tela rugosa del pantalón casi hacía daño.
Buscaba, divagaba, trataba de averiguar las razones por las que su agresividad llegaba a afectarle hasta puntos tan peligrosos como aquel.
-No es la primera vez… no lo es… -susurró para si aceptando de modo casi inconsciente su problema.
Aislado, solo, desamparado en su mundo de miseria personal, sumido en sus angustias, Igor cayó en un sueño intranquilo. Dormido en el salón como un crío, todas las tardes dormido en el sillón con temerosa expresión.
Cuando despertó, rayos de tenue luz dorada se filtraban entre las hebras de hilo de la cortina. La pena, el hastío, lo invadían. El hastío de una rutina mil veces maldita, pero merecida.
Ella se había marchado y no le quedaba nada ni nadie; si no volvía sabía qué hacer: coger su arma reglamentaria, colocarla cuidadosamente apuntando hacia su sien, y bajar por fin el telón del absurdo drama en el que se había convertido su vida. “Qué patético”, había dicho ella una vez.
Pues ya vería si le parecía patética la visión de sus sesos envueltos en sangre, estampados contra la pared mientras sus restos inertes reposaban sobre la piedra del suelo. Muy patético, sí señor. No quería admitirlo, pero si no regresaba con él, cosa que nunca se le había ocurrido hacer, no tendría valor para ir en su busca. Y esto se le antojaba curioso si lo comparaba con su poco miedo al suicidio.
Muchas otras veces había jurado no volver a tocarla, no volver a levantarle la mano nunca más, pero había vuelto a hacerlo. Jurar, prometer… eran procesos sencillos, no así enfrentarse a ellos. Al fin y al cabo ella no tenía la culpa de que su madre fuese una bebedora empedernida que a la mínima lo golpeaba y su padre un cabrón prácticamente invisible que se carcajeaba de sus lágrimas. Y eso lo enfurecía, lo hacía sentir un odio atroz, una impotencia de proporciones tan épicas que afectaba a su propia respiración.
Enrojecido, azorado, se irguió del sillón y dio vueltas por el caótico salón. Se armó su fuerte personal y se acurrucó contra una pared, arrodillado, asustado como cuando era niño.
Como cuando era niño y su madre dibujaba hilillos de sangre sobre su rostro si él le escondía las botellas de licor. Lloró, gritó, maldijo…
-Esto no puede continuar así…
En un sublime arrebato de fortaleza se duchó, se afeitó, se vistió su impoluto uniforme y partió convencido de poder persuadir a la mujer que amaba de que podía cambiar, de que mejoraría, de que ascendería como persona sin estancarse en el pasado. Recogió por último la placa y colocó el arma en su funda.
Llegó pronto, henchido de esperanza. Timbró, nervioso, en la puerta del séptimo piso, y la vocecilla de nínfula de su amada sonando tras la puerta no hizo más que acelerar los latidos de su corazón. Parecía canturrear algo. Ella abrió. Él la vio plantada frente a él, ebria, tanto como su propia madre. La odió, mucho, terriblemente, la había convertido en lo que más había detestado.
Y lo único que pudo hacer fue desenfundar el arma, amartillarla mientras le sostenía la mirada y presionar el gatillo liberando su furia. Y en la estancia resonaron unas palabras que nadie nunca pronunció:
-Muy patético, sí señor
Le cruzó la cara de una bofetada, pero no le resultó útil.
Ella se levantó y salió corriendo, derramando lágrimas y cavilando en que jamás se lo perdonaría.
Permaneció estático en el lugar, el sudor resbalando a través de sus sienes… necesitaba detenerse, detenerse y pensar. Pensar en todo, en su vida, en su trabajo, y en el simple hecho de que acababa de abofetear del modo más humillante al único ser que merecía la pena de todos los que había conocido a lo largo de su vida.
Se desplomó sobre el sillón raído y deslizó las palmas de las manos sobre los muslos, encogiéndose; la tela rugosa del pantalón casi hacía daño.
Buscaba, divagaba, trataba de averiguar las razones por las que su agresividad llegaba a afectarle hasta puntos tan peligrosos como aquel.
-No es la primera vez… no lo es… -susurró para si aceptando de modo casi inconsciente su problema.
Aislado, solo, desamparado en su mundo de miseria personal, sumido en sus angustias, Igor cayó en un sueño intranquilo. Dormido en el salón como un crío, todas las tardes dormido en el sillón con temerosa expresión.
Cuando despertó, rayos de tenue luz dorada se filtraban entre las hebras de hilo de la cortina. La pena, el hastío, lo invadían. El hastío de una rutina mil veces maldita, pero merecida.
Ella se había marchado y no le quedaba nada ni nadie; si no volvía sabía qué hacer: coger su arma reglamentaria, colocarla cuidadosamente apuntando hacia su sien, y bajar por fin el telón del absurdo drama en el que se había convertido su vida. “Qué patético”, había dicho ella una vez.
Pues ya vería si le parecía patética la visión de sus sesos envueltos en sangre, estampados contra la pared mientras sus restos inertes reposaban sobre la piedra del suelo. Muy patético, sí señor. No quería admitirlo, pero si no regresaba con él, cosa que nunca se le había ocurrido hacer, no tendría valor para ir en su busca. Y esto se le antojaba curioso si lo comparaba con su poco miedo al suicidio.
Muchas otras veces había jurado no volver a tocarla, no volver a levantarle la mano nunca más, pero había vuelto a hacerlo. Jurar, prometer… eran procesos sencillos, no así enfrentarse a ellos. Al fin y al cabo ella no tenía la culpa de que su madre fuese una bebedora empedernida que a la mínima lo golpeaba y su padre un cabrón prácticamente invisible que se carcajeaba de sus lágrimas. Y eso lo enfurecía, lo hacía sentir un odio atroz, una impotencia de proporciones tan épicas que afectaba a su propia respiración.
Enrojecido, azorado, se irguió del sillón y dio vueltas por el caótico salón. Se armó su fuerte personal y se acurrucó contra una pared, arrodillado, asustado como cuando era niño.
Como cuando era niño y su madre dibujaba hilillos de sangre sobre su rostro si él le escondía las botellas de licor. Lloró, gritó, maldijo…
-Esto no puede continuar así…
En un sublime arrebato de fortaleza se duchó, se afeitó, se vistió su impoluto uniforme y partió convencido de poder persuadir a la mujer que amaba de que podía cambiar, de que mejoraría, de que ascendería como persona sin estancarse en el pasado. Recogió por último la placa y colocó el arma en su funda.
Llegó pronto, henchido de esperanza. Timbró, nervioso, en la puerta del séptimo piso, y la vocecilla de nínfula de su amada sonando tras la puerta no hizo más que acelerar los latidos de su corazón. Parecía canturrear algo. Ella abrió. Él la vio plantada frente a él, ebria, tanto como su propia madre. La odió, mucho, terriblemente, la había convertido en lo que más había detestado.
Y lo único que pudo hacer fue desenfundar el arma, amartillarla mientras le sostenía la mirada y presionar el gatillo liberando su furia. Y en la estancia resonaron unas palabras que nadie nunca pronunció:
-Muy patético, sí señor
jueves 30 de octubre de 2008
Intriga
San Valentín era la mayor porquería que jamás hubiese podido ser inventada y Anna lo sabía desde hacía años. Odiaba los corazones, detestaba los bombones y el insulso amor, y Peter… tendría suerte si él se percataba de que estaba allí y de que, efectivamente, era una mujer. Su mujer. ¿Cuánto hacía que no la tocaba? Ya no llevaba la cuenta ni estaba segura de querer recordarla. Pero al fin y al cabo era todavía joven, tenía necesidades y deseos y estaba harta de ser la eterna esposa insatisfecha.
Frente al gran espejo ornamentado de su cuarto, la mujer observaba aquella tarde de febrero su figura de frágil y despiadada princesa élfica: tan alta, tan rubia, tan etérea… tan estúpida… Estúpida por no haberse buscado un amante y habérselo restregado a Peter. Asqueada, desvió la mirada grisácea, brillante como la plata y dura como el acero, hacia la enorme cama, perfectamente hecha, y recordó las noches de lascivia, años atrás, en las que su marido le hacía el amor sin descanso, como poseído por algún espíritu, las noches en que la sola posibilidad de que las sábanas estuviesen bien colocadas resultaba absurda, los momentos en los que los gemidos fuertes y las palabras obscenas se oían en toda la mansión.
Se miró de nuevo, la negligé de seda violácea que lucía acentuaba la delicadeza de sus facciones al máximo. Para cualquiera con dos dedos de frente hubiese sido en aquel instante la mujer más deseable de la tierra. Había comprado la prenda para Peter, para aquella noche de San Valentín, para encender una llama que sabía extinta desde hacía tiempo, un tiempo infinito, eterno y cruel. Pero no daría resultado, eso era algo que había asimilado nada más entregar la cuantiosa suma de libras a la dependienta. No daría resultado porque nunca lo hacía, su colección de olvidadas prendas sexys lo atestiguaba.
Anna Schmidt, altiva y venenosa, podría haber dejado sin habla al mismísimo Apolo, vestida con su negligé mal colocada, con los pechos fragantes al descubierto, y el vientre blancuzco dando paso al cofre del tesoro oculto que se adivinaba bajo la tela.
Febo hubiese caído como si de Dafne y sus laureles se tratara, no así el insensato Peter.
Y entonces la oyó. Los gritos extasiados de su hermana mayor resonando en sus tímpanos, destrozándole los nervios y acabando de un plumazo con la poca paciencia que le restaba. Su hermana, Mariette, aquella puta cruel con suerte que se dejaba la garganta cada vez que Christopher se la follaba por donde fuese, daba igual de todos modos… Cómo la odiaba, maldita fuera, cómo la odiaba; ¡odio!, ni rencor, ni enfado, ni resentimiento, ¡odio puro!. ¿Por qué a Mariette sí y a ella no? ¿Por qué Mariette disfrutaba de las caricias encendidas de su marido y ella tenía que conformarse con utilizar sus propios dedos si quería sentir un estremecimiento?
La mortífera Anna no pudo soportarlo más y se dejó llevar por la ira olvidando marido, negligé y modales. Salió del cuarto con histeria contenida, caminó rauda por los corredores oscuros de la mansión casi destrozando las caras alfombras persas con sus pasos enfurecidos, apartando armaduras y estatuas a manotazos, haciendo volar su melena dorada, tan peligrosa como la de Esteno, Euríale o Medusa… y se detuvo como accionada por un resorte frente a la puerta de Mariette. Gemidos y más gemidos muy subidos de tono, y exclamaciones de ¡Christopher MÁS FUERTE! era todo lo que oía y le carcomía las entrañas.
Más fuerte, más rápido, más profundo… más sexo, más y más y más y más…
-¡¡BASTA!!
Abrió la puerta con la fuerza de un tornado haciéndola chocar estruendosamente contra la pared, y lo que allí encontró ya se lo esperaba, pero sólo consiguió enfadarla más. La visión del hombre desnudo y sudoroso postrado sobre la espalda de su hermana, su trasero respingón empujando contra el de su mujer, a la que tenía aferrada por las caderas, sus gritos roncos, sus ojos desorbitados, su boca abierta en un silencioso gemido de satisfacción y su polla, tiesa como una estaca, entrando y saliendo una y otra vez de entre los muslos cremosos de Mariette… todo aquel cúmulo de estímulos la trastornaron tanto que tan sólo pudo gritar como una posesa.
El estúpido Christopher y la furcia Mariette, montados el uno sobre el otro, fornicando como animales.
El tiempo pareció detenerse, al igual que los dos amantes. Ella giró la cabeza hacia Anna y sonrió lentamente, saboreando los celos enfermizos que desprendía la mujer; él hizo lo propio y enmudeció.
-Anna… ¿qué…? –balbuceó, y sin embargo no pudo evitar empujar una vez más mientras hablaba, se sentía tan condenadamente bien, estaba a tan pocos segundos de correrse…
-¡PARA! ¡PARA, MALDITA SEA!
-Annie, cielo… -siseó Mariette- …cuéntame a qué debemos el honor de tu visita, la intriga me está matando –dijo mientras gateaba hacia delante sobre las mantas apartándose de Christopher, quien evidentemente protestó.
-¡Eh, no! –exclamó.
-Shhhh… -susurró ella observando a su hermana como una pantera observa a su presa- Chris, tenemos invitados… vete, luego acabaremos con esto -dijo mientras con movimientos felinos salía de la cama y caminaba hacia Anna.
Christopher decidió que no podía esperar, que estaba harto de los caprichos de su mujer, y terminó él mismo con lo que había empezado: se la agarró con una mano mientras observaba a las mujeres y cerró fieramente los ojos pensando sabe Dios qué depravación: tras un par o dos de movimientos firmes gimió y se corrió manchando la colcha verde y su propia mano. Tratando de recuperar el aliento, cogió sus pantalones cabreado y salió de la habitación dando un portazo.
Mariette negó con la cabeza, su marido no tenía paciencia y nunca la había tenido, más tarde tendría que esmerarse el doble si quería sacarle el enfado.
Ella sabía bien de los problemas de Annie, sabía que le profesaba una envidia malsana, sabía lo mal que se encontraba desde hacía varios meses. Se aproximó a ella y la rodeó con sus brazos.
-Annie, cariño, yo te entiendo –murmuró en su oído antes de lamerle el lóbulo. Anna sintió un escalofrío a lo largo de la espina dorsal, los ojos se le humedecieron y supo lo que iba a ocurrir en aquella tarde del día de los enamorados.
-Te odio, puta… -confesó dejando que las lágrimas comenzasen a manar. Mariette sonrió complacida.
-Tranquila… voy a ayudarte... –dijo. Sin atisbo de delicadeza la besó y le introdujo la lengua en la boca. Ella no se resistió, se dejó hacer y, gimoteando, tuvo que reconocer para sus adentros que hacía mucho que nadie la besaba así. Mariette la acarició de forma lasciva, tocó su espalda, sus glúteos firmes, sus brazos, sus pechos… Se separó de ella, tomó su mano y la condujo hacia la cama.
Anna se sentó como una autómata.
-¿Qué pretendes? ¿Ahora vas a contarme lo mucho que te gusta follarte a ese imbécil, como si oíros noche tras noche no fuese tormento suficiente? –inquirió desesperada.
-¿Eso te gustaría? –preguntó Mariette acomodándose sobre sus piernas.
Annie le escupió, a la cara, sin pensarlo, sin arrepentirse: aquella fulana se lo merecía. Mariette tan solo sonrió, observó a su hermana y la empujó haciendo que cayese tendida sobre el lecho. Se inclinó sobre ella lo suficiente y le rozó la punta de la nariz con un pecho. La rubia nunca supo por qué aquel gesto contribuyó a su excitación pero no se molestó en preguntárselo en aquel momento: la tentación podía con ella, tan sólo necesitaba sentir…
-¿Camisón nuevo? –preguntó su hermana mientras notaba los inquietantes labios de Anna capturando suavemente su pezón. Se apartó un poco de ella y le abrió las piernas tratando de ser delicada. No llevaba ropa interior y eso era algo a lo que Mariette Herder, que ya se estaba aproximando a la cueva del tesoro, nunca había podido ni querido resistirse- Mírate… estás tan mojada… ¿crees que a Peter le gustaría? –murmuró. A Mariette le había gustado provocar desde que nació y la mujer que tenía bajo ella no iba a ser la excepción: verla destrozada era lo máximo, la mayor de las victorias.
Claro que le gustaría, claro que sí.
-Cállate, furcia barata… -dijo resentida. La otra rió triunfal.
Entre insultos y reproches de una a la otra, Annie sólo quiso concentrarse en la firmeza de los labios de Mariette sobre su ingle, en cuánto necesitaba aquella sensación, en lo increíblemente gozoso del aliento de la mujer en la zona. Fue entonces cuando notó la brusquedad de los dedos de Mariette atravesándola, introduciéndose una y otra vez en su interior, quemándola por dentro. Y no vio a su hermana sino a su marido, y no sintió unos dedos escurridizos sino la polla de Peter, tan deliciosa como la recordaba, abrasándola, y el clap clap clap de un par de testículos chocando contra sus nalgas, y gemidos, y suciedades gritadas con las que hasta la persona más pervertida se sonrojaría. Se sentía tan llena, tan completa, que por un fugaz instante no le importó nada de lo que ocurría a su alrededor. Anna Schmidt vivía pendiente de todo, constantemente alerta, y por si fuera poco tenía un hijo al que prácticamente no veía y un marido que no se comportaba como tal. Se olvidó, lo olvidó todo y a todos, su familia, su linaje, su dinero, su reputación, y se centró en sí misma.
Perdida en las sensaciones, estalló en un orgasmo como los que hacía tiempo que no sentía, convulsionó entre los brazos de Mariette que, satisfecha, lamía sus mejillas como si de dulces se tratase, gritó, agitó las caderas gustosa, maldijo y bendijo cuanto quiso…
Mariette siempre había sabido bien dónde y cómo tocarla, no olvidaba que ella misma había iniciado a su hermana en su depravado mundo de sexo destructivo. Le estrujó los pechos, apretó sus nalgas, saboreó el líquido blancuzco que manaba de la mujer y ella misma llegó a un clímax extraño en el que no tuvo que tocarse para sentir. Recordaba a Annie cuando era pequeña, recordaba su primer beso y la primera charla sobre sexualidad que habían tenido, recordaba los primeros meses de matrimonio cuando ella le contaba lo fogoso que era Peter…
Recuerdos borrosos de una época perdida.
Anna abrió los ojos y fue consciente de que no era Peter quien estaba allí, entre sus piernas, sino Mariette, consolándola y susurrándole palabras sucias. Un amargo descubrimiento, el fin de unos gloriosos minutos de éxtasis. Y la odió más que nunca por aprovecharse de su dolor. Agitada, rompió a llorar y se abrazó desesperada a la mujer.
Mariette se tendió junto a ella y la estrechó fuertemente, y dejó que escondiese el rostro entre sus pechos desnudos mientras las lágrimas mojaban su piel y su vocecilla resonaba suplicando caricias.
-¿Por qué? ¿Por qué…? –exclamaba sollozando angustiada.
-Al menos esta cosa ha servido para algo… -murmuró observando la negligé. Miró a Anna, que se retorcía entre espasmos, y esbozó una sonrisa psicótica antes de abrir los labios y enterrarlos en los de su hermana de nuevo.
Porque Mariette sabía que no había nada que le provocase mayor placer que la sensación de tener a Annie atrapada en sus redes, sin bragas, llorosa, y pidiendo más.
Frente al gran espejo ornamentado de su cuarto, la mujer observaba aquella tarde de febrero su figura de frágil y despiadada princesa élfica: tan alta, tan rubia, tan etérea… tan estúpida… Estúpida por no haberse buscado un amante y habérselo restregado a Peter. Asqueada, desvió la mirada grisácea, brillante como la plata y dura como el acero, hacia la enorme cama, perfectamente hecha, y recordó las noches de lascivia, años atrás, en las que su marido le hacía el amor sin descanso, como poseído por algún espíritu, las noches en que la sola posibilidad de que las sábanas estuviesen bien colocadas resultaba absurda, los momentos en los que los gemidos fuertes y las palabras obscenas se oían en toda la mansión.
Se miró de nuevo, la negligé de seda violácea que lucía acentuaba la delicadeza de sus facciones al máximo. Para cualquiera con dos dedos de frente hubiese sido en aquel instante la mujer más deseable de la tierra. Había comprado la prenda para Peter, para aquella noche de San Valentín, para encender una llama que sabía extinta desde hacía tiempo, un tiempo infinito, eterno y cruel. Pero no daría resultado, eso era algo que había asimilado nada más entregar la cuantiosa suma de libras a la dependienta. No daría resultado porque nunca lo hacía, su colección de olvidadas prendas sexys lo atestiguaba.
Anna Schmidt, altiva y venenosa, podría haber dejado sin habla al mismísimo Apolo, vestida con su negligé mal colocada, con los pechos fragantes al descubierto, y el vientre blancuzco dando paso al cofre del tesoro oculto que se adivinaba bajo la tela.
Febo hubiese caído como si de Dafne y sus laureles se tratara, no así el insensato Peter.
Y entonces la oyó. Los gritos extasiados de su hermana mayor resonando en sus tímpanos, destrozándole los nervios y acabando de un plumazo con la poca paciencia que le restaba. Su hermana, Mariette, aquella puta cruel con suerte que se dejaba la garganta cada vez que Christopher se la follaba por donde fuese, daba igual de todos modos… Cómo la odiaba, maldita fuera, cómo la odiaba; ¡odio!, ni rencor, ni enfado, ni resentimiento, ¡odio puro!. ¿Por qué a Mariette sí y a ella no? ¿Por qué Mariette disfrutaba de las caricias encendidas de su marido y ella tenía que conformarse con utilizar sus propios dedos si quería sentir un estremecimiento?
La mortífera Anna no pudo soportarlo más y se dejó llevar por la ira olvidando marido, negligé y modales. Salió del cuarto con histeria contenida, caminó rauda por los corredores oscuros de la mansión casi destrozando las caras alfombras persas con sus pasos enfurecidos, apartando armaduras y estatuas a manotazos, haciendo volar su melena dorada, tan peligrosa como la de Esteno, Euríale o Medusa… y se detuvo como accionada por un resorte frente a la puerta de Mariette. Gemidos y más gemidos muy subidos de tono, y exclamaciones de ¡Christopher MÁS FUERTE! era todo lo que oía y le carcomía las entrañas.
Más fuerte, más rápido, más profundo… más sexo, más y más y más y más…
-¡¡BASTA!!
Abrió la puerta con la fuerza de un tornado haciéndola chocar estruendosamente contra la pared, y lo que allí encontró ya se lo esperaba, pero sólo consiguió enfadarla más. La visión del hombre desnudo y sudoroso postrado sobre la espalda de su hermana, su trasero respingón empujando contra el de su mujer, a la que tenía aferrada por las caderas, sus gritos roncos, sus ojos desorbitados, su boca abierta en un silencioso gemido de satisfacción y su polla, tiesa como una estaca, entrando y saliendo una y otra vez de entre los muslos cremosos de Mariette… todo aquel cúmulo de estímulos la trastornaron tanto que tan sólo pudo gritar como una posesa.
El estúpido Christopher y la furcia Mariette, montados el uno sobre el otro, fornicando como animales.
El tiempo pareció detenerse, al igual que los dos amantes. Ella giró la cabeza hacia Anna y sonrió lentamente, saboreando los celos enfermizos que desprendía la mujer; él hizo lo propio y enmudeció.
-Anna… ¿qué…? –balbuceó, y sin embargo no pudo evitar empujar una vez más mientras hablaba, se sentía tan condenadamente bien, estaba a tan pocos segundos de correrse…
-¡PARA! ¡PARA, MALDITA SEA!
-Annie, cielo… -siseó Mariette- …cuéntame a qué debemos el honor de tu visita, la intriga me está matando –dijo mientras gateaba hacia delante sobre las mantas apartándose de Christopher, quien evidentemente protestó.
-¡Eh, no! –exclamó.
-Shhhh… -susurró ella observando a su hermana como una pantera observa a su presa- Chris, tenemos invitados… vete, luego acabaremos con esto -dijo mientras con movimientos felinos salía de la cama y caminaba hacia Anna.
Christopher decidió que no podía esperar, que estaba harto de los caprichos de su mujer, y terminó él mismo con lo que había empezado: se la agarró con una mano mientras observaba a las mujeres y cerró fieramente los ojos pensando sabe Dios qué depravación: tras un par o dos de movimientos firmes gimió y se corrió manchando la colcha verde y su propia mano. Tratando de recuperar el aliento, cogió sus pantalones cabreado y salió de la habitación dando un portazo.
Mariette negó con la cabeza, su marido no tenía paciencia y nunca la había tenido, más tarde tendría que esmerarse el doble si quería sacarle el enfado.
Ella sabía bien de los problemas de Annie, sabía que le profesaba una envidia malsana, sabía lo mal que se encontraba desde hacía varios meses. Se aproximó a ella y la rodeó con sus brazos.
-Annie, cariño, yo te entiendo –murmuró en su oído antes de lamerle el lóbulo. Anna sintió un escalofrío a lo largo de la espina dorsal, los ojos se le humedecieron y supo lo que iba a ocurrir en aquella tarde del día de los enamorados.
-Te odio, puta… -confesó dejando que las lágrimas comenzasen a manar. Mariette sonrió complacida.
-Tranquila… voy a ayudarte... –dijo. Sin atisbo de delicadeza la besó y le introdujo la lengua en la boca. Ella no se resistió, se dejó hacer y, gimoteando, tuvo que reconocer para sus adentros que hacía mucho que nadie la besaba así. Mariette la acarició de forma lasciva, tocó su espalda, sus glúteos firmes, sus brazos, sus pechos… Se separó de ella, tomó su mano y la condujo hacia la cama.
Anna se sentó como una autómata.
-¿Qué pretendes? ¿Ahora vas a contarme lo mucho que te gusta follarte a ese imbécil, como si oíros noche tras noche no fuese tormento suficiente? –inquirió desesperada.
-¿Eso te gustaría? –preguntó Mariette acomodándose sobre sus piernas.
Annie le escupió, a la cara, sin pensarlo, sin arrepentirse: aquella fulana se lo merecía. Mariette tan solo sonrió, observó a su hermana y la empujó haciendo que cayese tendida sobre el lecho. Se inclinó sobre ella lo suficiente y le rozó la punta de la nariz con un pecho. La rubia nunca supo por qué aquel gesto contribuyó a su excitación pero no se molestó en preguntárselo en aquel momento: la tentación podía con ella, tan sólo necesitaba sentir…
-¿Camisón nuevo? –preguntó su hermana mientras notaba los inquietantes labios de Anna capturando suavemente su pezón. Se apartó un poco de ella y le abrió las piernas tratando de ser delicada. No llevaba ropa interior y eso era algo a lo que Mariette Herder, que ya se estaba aproximando a la cueva del tesoro, nunca había podido ni querido resistirse- Mírate… estás tan mojada… ¿crees que a Peter le gustaría? –murmuró. A Mariette le había gustado provocar desde que nació y la mujer que tenía bajo ella no iba a ser la excepción: verla destrozada era lo máximo, la mayor de las victorias.
Claro que le gustaría, claro que sí.
-Cállate, furcia barata… -dijo resentida. La otra rió triunfal.
Entre insultos y reproches de una a la otra, Annie sólo quiso concentrarse en la firmeza de los labios de Mariette sobre su ingle, en cuánto necesitaba aquella sensación, en lo increíblemente gozoso del aliento de la mujer en la zona. Fue entonces cuando notó la brusquedad de los dedos de Mariette atravesándola, introduciéndose una y otra vez en su interior, quemándola por dentro. Y no vio a su hermana sino a su marido, y no sintió unos dedos escurridizos sino la polla de Peter, tan deliciosa como la recordaba, abrasándola, y el clap clap clap de un par de testículos chocando contra sus nalgas, y gemidos, y suciedades gritadas con las que hasta la persona más pervertida se sonrojaría. Se sentía tan llena, tan completa, que por un fugaz instante no le importó nada de lo que ocurría a su alrededor. Anna Schmidt vivía pendiente de todo, constantemente alerta, y por si fuera poco tenía un hijo al que prácticamente no veía y un marido que no se comportaba como tal. Se olvidó, lo olvidó todo y a todos, su familia, su linaje, su dinero, su reputación, y se centró en sí misma.
Perdida en las sensaciones, estalló en un orgasmo como los que hacía tiempo que no sentía, convulsionó entre los brazos de Mariette que, satisfecha, lamía sus mejillas como si de dulces se tratase, gritó, agitó las caderas gustosa, maldijo y bendijo cuanto quiso…
Mariette siempre había sabido bien dónde y cómo tocarla, no olvidaba que ella misma había iniciado a su hermana en su depravado mundo de sexo destructivo. Le estrujó los pechos, apretó sus nalgas, saboreó el líquido blancuzco que manaba de la mujer y ella misma llegó a un clímax extraño en el que no tuvo que tocarse para sentir. Recordaba a Annie cuando era pequeña, recordaba su primer beso y la primera charla sobre sexualidad que habían tenido, recordaba los primeros meses de matrimonio cuando ella le contaba lo fogoso que era Peter…
Recuerdos borrosos de una época perdida.
Anna abrió los ojos y fue consciente de que no era Peter quien estaba allí, entre sus piernas, sino Mariette, consolándola y susurrándole palabras sucias. Un amargo descubrimiento, el fin de unos gloriosos minutos de éxtasis. Y la odió más que nunca por aprovecharse de su dolor. Agitada, rompió a llorar y se abrazó desesperada a la mujer.
Mariette se tendió junto a ella y la estrechó fuertemente, y dejó que escondiese el rostro entre sus pechos desnudos mientras las lágrimas mojaban su piel y su vocecilla resonaba suplicando caricias.
-¿Por qué? ¿Por qué…? –exclamaba sollozando angustiada.
-Al menos esta cosa ha servido para algo… -murmuró observando la negligé. Miró a Anna, que se retorcía entre espasmos, y esbozó una sonrisa psicótica antes de abrir los labios y enterrarlos en los de su hermana de nuevo.
Porque Mariette sabía que no había nada que le provocase mayor placer que la sensación de tener a Annie atrapada en sus redes, sin bragas, llorosa, y pidiendo más.
miércoles 29 de octubre de 2008
Pecado
Catharine Fermant llevaba ya esperando veinte minutos, y eso que Charlie había dicho cinco, ¡cinco!, ni uno más ni uno menos, cinco malditos minutos. ¿Cómo podía alguien tardar tanto en frotarse con una esponja enjabonada y aclararse después? ¿Acaso el concepto "ducha" era uno de aquellos problemas filosóficos que el cerebro de su hermano no alcanzaba a entender? Por supuesto, compartir cuarto con él no ayudaba en absoluto, puesto que también tenía que compartir el baño. Exasperada, Catharine decidió desvestirse y ahorrar tiempo.
Y lo haría lentamente, porque siempre le había producido cierta fascinación desnudarse despacio para poder tocar su piel, para acariciarse, para sentirse en todo su esplendor y apreciar los cambios brutales que su cuerpo de dieciocho años había sufrido con el tiempo.
Se fue hacia la cómoda, cogió una toalla y la arrojó sobre su cama. Abrió el armario de Charlie y al mirarse al pequeño espejo adherido al interior de la puerta sonrió y se sintió sumamente orgullosa de lo que vio: más alta, más esbelta, más exuberante... más adulta, en definitiva. Sin dejar de observarse, agarró la camiseta blanca de Led Zeppelin que vestía y la deslizó sobre los brazos retirándola. Catharine no solía llevar sujetador, no era más que una molestia, pero si su madre se hubiese enterado habría tenido problemas, por lo que trataba de disimularlo como podía. Se acercó a la superficie pulida del cristal y se concentró en el aspecto sabroso de sus pechos, voluptuosos, blancuzcos, dotados de una redondez exquisita.
Y no quiso resistir ni resistió el impulso.
Gimoteando, los sostuvo entre sus manos, los apretó, acarició las areolas, presionó los pezones hasta que se endurecieron tanto como para morderlos... y verse haciéndolo suponía el máximo placer, ella era quien tenía el control, ni tíos, ni amigas, ni mami, ni los matasanos: ella, al fin ella. Libre para hacer lo que quisiese con sus formas sin vergüenza ni prejuicios ni consejos ni estupideces freudianas. En cuanto sació sus ganas deslizó las yemas de los dedos por los costados. Sintió los habituales escalofríos que la transportaron a un nuevo mundo de perversión, su mundo personal, donde nada la molestaba y los más estudiados detalles hacían de sus orgasmos inolvidables experiencias.
Se miró ansiosa, vio en sus ojos acuosos lágrimas de satisfacción y, sonriendo, se propuso pasarlo todavía mejor.
Se sacó rápidamente las zapatillas y tironeó de la cintura de las braguitas azuladas hasta bajarlas a la altura de las rodillas, realizó un par de movimientos con las piernas, largas y con el adorable aspecto de las de una adolescente, y la prenda cayó por sí sola al suelo. Con un pie la apartó a lo lejos y respiró profundamente. Ante ella, su cuerpo al desnudo. Rozó su vientre, tan tierno, tan cálido. Y entonces pensó que para lo feúcha que había sido de pequeña ahora no tenía nada que envidiarle ni a la mismísima Nelly Harmond, aquella zorrita tan guapa de su clase por la que babeaba medio instituto, incluido Louis, su último ligue. Aunque, ¿para qué perder su tiempo con él?. El flirteo había estado bien, los besos mejor, y las caricias indecentes bastante acertadas. Pero no era lo que necesitaba, no era lo que quería. Siempre había sabido que en el momento en el que sintiese dentro una especie de calorcillo intenso habría encontrado a esa persona, a la indicada.
Rodó la mano hacia abajo, traspasando el ombligo, y se adentró en la espesa mata de cabello pelirrojo, lo mesó entre sus deditos sedosos y tiró un poquito. Escocía, pero no era una sensación del todo desagradable, más bien la excitaba. No tardó demasiado en separar el pelo y acariciar la zona. En cuanto notó el tacto aterciopelado sobre el botoncito mágico, como ella lo llamaba, emitió un leve gemido y una sonrisa preciosa iluminó su rostro.
Preciosa en opinión de su hermano, que permanecía húmedo e inmóvil en el rellano de la puerta observando la escena. Recién salido de la ducha y con una toalla escarlata alrededor de la cintura, Charlie no se percataba de que estaba encharcando la alfombra, aunque tampoco le hubiese importado. Estaba demasiado ocupado clavando la mirada en las curvas suaves de su hermana. Ironías de la vida, quién le iba a decir que a lo mejor Catharine ya no era tan pequeña como pensaba... No esperaba encontrársela de aquel modo; además, ¿qué diablos se suponía que estaba haciendo?.
Su cuerpo lo perturbaba, sus manos recorriéndose despertaban en él partes que creía dormidas, y sus gemidos... oh, eso sí encendía sus ganas al máximo. La pequeña Catharine Fermant, la frágil mojigata, tan buena y delicada ella... Y una mierda, lo que tenía delante era una figura de deseo.
Y se sentía en parte mal, seguía siendo su hermana al fin y al cabo y sentir esas cosas no estaba bien. Si no recordaba mal, Alice, su novia, le había contado que los cristianos tenían una palabra en concreto para aquella situación: pecado. Se reprendió mentalmente, pero nada que pudiese recriminarse a sí mismo lograba que apartase los ojos de Catharine. Hacía tanto que no experimentaba esas situaciones que simplemente no pensó en sus padres, ni en sus amigos, ni en su novia, ni en el mundo y sus jodidas reglas.
Avanzó unos pasos hacia el interior de la habitación, al caminar la lana mojada de la alfombra hizo un ruido extraño y se detuvo en seco aterrado. Catharine se giró bruscamente, su cabello de fuego voló a su alrededor enmarcando una hermosa escena para Charlie. La mujercilla respiraba agitada y confusa tratando de taparse con las manos, pero se fijó entonces en su hermano: casi desnudo, mojado, con el pelo chorreante cayendo sobre su rostro, su piel clara, sus pecas, su cuerpo, reflejo fiel de los entrenamientos... y aquel tatuaje de Fuck me hard and set me free en el antebrazo hecho en una noche de borrachera que mami Fermant quería eliminar a toda costa. Sexy, caliente y deseable era la mejor descripción.
Se acercó a su cama, cogió la toalla y se envolvió en ella. Caminó hacia la puerta nerviosa, pero se detuvo junto a Charlie posando la mano sobre su pecho mojado. Él se estremeció.
-¿Has... has dejado gel suficiente? -preguntó una balbuceante Catharine mientras deslizaba las manos sobre los hombros de su hermano.
Charlie, visiblemente más alto, dio un paso hacia ella y le rodeó la cintura muy suavemente.
-Sí, queda bastante -respondió entre murmullos.
Ella aproximó los labios a su rostro y provocó un roce prácticamente imperceptible. La estrechó más fuertemente. La tensión del ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero la tentación podía más. A punto estuvieron de besarse y romper con todos los tabúes, pero Catharine se separó azorada y abandonó el cuarto.
Charlie se sintió como un imbécil rematado, había estado a punto de profanar aquel vínculo sagrado entre hermanos del que sus padres le habían hablado tantas veces. Pero, ¡demonios!, no importaba, él quería hacerlo, y todo lo demás daba igual. Porque para cuando se atrevió a abalanzarse sobre los labios de su hermana ella ya estaba metida en la ducha.
Bajo el chorro de agua templada Catharine reflexionaba sobre lo que acababa de ocurrir. Definitivamente estaba mal, muy muy mal, terrible. ¿Qué diría su madre? ¿Qué dirían sus amigos?. Y por encima de todo, ¿de qué le servía lamentarse si sabía que Charlie la hubiese correspondido?. Cerró el grifo y, envuelta de nuevo en el impoluto lienzo blanco, regresó al cuarto.
Y la escena que la esperaba en él era no sólo perturbadora, sino también inesperada. Aquel calorcillo intenso que anhelaba sentir subió por su espalda. Ante ella Charlie sentado en el borde de su cama, la toalla escarlata en el suelo, el cabello todavía húmedo y sus manos moviéndose furiosas sobre su entrepierna. Se adelantó un poco, el pelo le goteaba y el agua parecía bajar por sus piernas acariciándolas. Su hermano la oyó, la miró y detuvo en seco sus movimientos poniéndose tan rojo como su uniforme del equipo.
-Cath... Cath, ¿qué...?
Ella lo miró a los ojos, aquellos bonitos y grandes ojos azules, y se sintió tan bien, que no pudo evitar actuar de la manera en que lo hizo.
Abrió la toalla de par en par, despacio, para que Charlie disfrutase del espectáculo. Él no reaccionó, simplemente permaneció quieto en su lugar. La mujer caminó con gesto melancólico hacia él y se colocó entre sus piernas. Su hermano pareció despertar y elevó la vista clavándola sobre ella. Sus manos viajaron sin rumbo hasta toparse con su cintura, atrajo a la mujer más hacia él y reposó la cabeza húmeda sobre su vientre. Ella le acarició el pelo con la ternura de una madre y se separó un poco.
-Charles... -musitó.
Charlie sólo tuvo tiempo de ver cómo se arrodillaba ante él antes de sentir su aliento cálido sobre la punta de su sexo. Trató de entender qué estaba ocurriendo, pero los dedos de su hermana no lo dejaron pensar, tan sólo suspirar.
Catharine palpó la extensión, extasiada por las emociones que le provocaba el estar haciendo aquello. Sujetó entonces los testículos con la mano izquierda y la suave polla con la derecha, apretándola poco a poco y deslizando los dedos hacia la base. Observó bien toda la zona y se decidió: ya no había vuelta atrás.
Se humedeció los labios y miró un segundo a Charlie, que parecía expectante ante el próximo movimiento de la pequeña pecadora. Sin apartar la vista de sus ojos, ella depositó un pequeño lametón sobre la punta. Su hermano pareció sufrir un espasmo violento pero se controló y trató de calmarse. Los labios de Catharine se abrieron entonces, muy húmedos y acogedores, y, desde la base, lamió hacia arriba y rozó muy levemente con los dientes la piel a su paso, simulando morderle. Tal acción le valió un gemido ronco al pobre chaval. Ella dejó correr la saliva por todo su sexo y la extendió con la mano realizando lentos movimientos ascendentes y descendentes.
Sonaba delicioso.
Mientras tanto, con la otra mano, arañó suavemente la piel ya tensa de los testículos y con el pulgar buscó bajo ellos aquel hueco que sabía que producía tanto placer, rozándolo y presionándolo ligeramente.
Charlie se abandonó a sus gemidos, arqueó la espalda y cayó sobre la cama con los brazos extendidos y expresión feliz, mientras cerraba fuertemente los ojos concentrándose en la lengua de su hermana, que ya se desplazaba firmemente deteniéndose a veces para esparcir besitos tiernos y otras para humedecer más la zona. En uno de sus balanceos hacia arriba Cath no se detuvo: introdujo en su boca todo el glande.
-Catharine, ohhh, Dios mío, Cath, ¡CATH!
Deleitándose con las súplicas de su hermano, Catharine continuó lamiendo la punta deteniéndose unos momentos justo en el centro y observando de lejos el rostro de Charlie, contraído por el placer.
-Charlie, cariño... te gusta ¿verdad?...
-Cath, por Dios... -rogó él- eres cruel...
La mujer realizó complejos dibujos con la punta de la lengua sobre los bordes del glande repetidas veces, insistiendo en las partes más próximas al centro, del que comenzó a brotar un líquido claro que Cath saboreó gustosa.
De nuevo se introdujo la punta en la boca y la dejó allí unos segundos, apretando el agarre cada vez más. El profundo gemido de Charlie le dejó saber que estaba disfrutando del experimento. Y fue entonces cuando la inocente Catharine Fermant, totalmente de improvisto, bajó la cabeza rápidamente y metió en aquella boca que su hermano sentía arder tanta extensión como pudo, llegando casi hasta la base.
Nunca en su vida había oído su nombre gritado con tanto ahínco, con tanto cariño. El cuerpo de Charlie convulsionaba inquieto notando agradables hormigueos que lo hicieron reír.
Catharine se sintió feliz, plena. Se deslizó hacia atrás captando ahora sólo la punta y succionó como si de un caramelo se tratase; y no tuvo más remedio que admitir que la erección de su hermano parecía oscilar entre la furia y la histeria. Llevó la mano hasta la base, apretó con ganas y pareció que se volvía más brillante y sedosa. Probó nuevos movimientos y técnicas variadas, se divirtió experimentando y oyendo a un enloquecido Charlie.
Éste supo que no aguantaría más, que necesitaba descargarse, y anhelaba tanto hacerlo que no se le ocurrió avisar a Catharine.
-Oh, Cath... te quiero, ¡te quiero, preciosa!
Varios chorritos de semen salieron disparados mientras se agitaba entre las sábanas y gritaba descontrolado. Un orgasmo perfecto de la mano de su depravada hermana. No podía pedir más. Ella serpenteó sobre su cuerpo y se echó sobre él para abrazarlo.
-Y yo a ti, Charlie, y yo a ti...
Él la rodeó con sus brazos y esparció besos cálidos sobre su cabello y rostro, limpiándole las mejillas y el contorno de los labios.
Porque Charlie Fermant se había corrido en la boca de su hermanita gritándole lo mucho que la quería mientras abajo, en la cocina, la señora Fermant se felicitaba orgullosa de haber fomentado el respeto entre sus hijos con sus sabias enseñanzas.
Y lo haría lentamente, porque siempre le había producido cierta fascinación desnudarse despacio para poder tocar su piel, para acariciarse, para sentirse en todo su esplendor y apreciar los cambios brutales que su cuerpo de dieciocho años había sufrido con el tiempo.
Se fue hacia la cómoda, cogió una toalla y la arrojó sobre su cama. Abrió el armario de Charlie y al mirarse al pequeño espejo adherido al interior de la puerta sonrió y se sintió sumamente orgullosa de lo que vio: más alta, más esbelta, más exuberante... más adulta, en definitiva. Sin dejar de observarse, agarró la camiseta blanca de Led Zeppelin que vestía y la deslizó sobre los brazos retirándola. Catharine no solía llevar sujetador, no era más que una molestia, pero si su madre se hubiese enterado habría tenido problemas, por lo que trataba de disimularlo como podía. Se acercó a la superficie pulida del cristal y se concentró en el aspecto sabroso de sus pechos, voluptuosos, blancuzcos, dotados de una redondez exquisita.
Y no quiso resistir ni resistió el impulso.
Gimoteando, los sostuvo entre sus manos, los apretó, acarició las areolas, presionó los pezones hasta que se endurecieron tanto como para morderlos... y verse haciéndolo suponía el máximo placer, ella era quien tenía el control, ni tíos, ni amigas, ni mami, ni los matasanos: ella, al fin ella. Libre para hacer lo que quisiese con sus formas sin vergüenza ni prejuicios ni consejos ni estupideces freudianas. En cuanto sació sus ganas deslizó las yemas de los dedos por los costados. Sintió los habituales escalofríos que la transportaron a un nuevo mundo de perversión, su mundo personal, donde nada la molestaba y los más estudiados detalles hacían de sus orgasmos inolvidables experiencias.
Se miró ansiosa, vio en sus ojos acuosos lágrimas de satisfacción y, sonriendo, se propuso pasarlo todavía mejor.
Se sacó rápidamente las zapatillas y tironeó de la cintura de las braguitas azuladas hasta bajarlas a la altura de las rodillas, realizó un par de movimientos con las piernas, largas y con el adorable aspecto de las de una adolescente, y la prenda cayó por sí sola al suelo. Con un pie la apartó a lo lejos y respiró profundamente. Ante ella, su cuerpo al desnudo. Rozó su vientre, tan tierno, tan cálido. Y entonces pensó que para lo feúcha que había sido de pequeña ahora no tenía nada que envidiarle ni a la mismísima Nelly Harmond, aquella zorrita tan guapa de su clase por la que babeaba medio instituto, incluido Louis, su último ligue. Aunque, ¿para qué perder su tiempo con él?. El flirteo había estado bien, los besos mejor, y las caricias indecentes bastante acertadas. Pero no era lo que necesitaba, no era lo que quería. Siempre había sabido que en el momento en el que sintiese dentro una especie de calorcillo intenso habría encontrado a esa persona, a la indicada.
Rodó la mano hacia abajo, traspasando el ombligo, y se adentró en la espesa mata de cabello pelirrojo, lo mesó entre sus deditos sedosos y tiró un poquito. Escocía, pero no era una sensación del todo desagradable, más bien la excitaba. No tardó demasiado en separar el pelo y acariciar la zona. En cuanto notó el tacto aterciopelado sobre el botoncito mágico, como ella lo llamaba, emitió un leve gemido y una sonrisa preciosa iluminó su rostro.
Preciosa en opinión de su hermano, que permanecía húmedo e inmóvil en el rellano de la puerta observando la escena. Recién salido de la ducha y con una toalla escarlata alrededor de la cintura, Charlie no se percataba de que estaba encharcando la alfombra, aunque tampoco le hubiese importado. Estaba demasiado ocupado clavando la mirada en las curvas suaves de su hermana. Ironías de la vida, quién le iba a decir que a lo mejor Catharine ya no era tan pequeña como pensaba... No esperaba encontrársela de aquel modo; además, ¿qué diablos se suponía que estaba haciendo?.
Su cuerpo lo perturbaba, sus manos recorriéndose despertaban en él partes que creía dormidas, y sus gemidos... oh, eso sí encendía sus ganas al máximo. La pequeña Catharine Fermant, la frágil mojigata, tan buena y delicada ella... Y una mierda, lo que tenía delante era una figura de deseo.
Y se sentía en parte mal, seguía siendo su hermana al fin y al cabo y sentir esas cosas no estaba bien. Si no recordaba mal, Alice, su novia, le había contado que los cristianos tenían una palabra en concreto para aquella situación: pecado. Se reprendió mentalmente, pero nada que pudiese recriminarse a sí mismo lograba que apartase los ojos de Catharine. Hacía tanto que no experimentaba esas situaciones que simplemente no pensó en sus padres, ni en sus amigos, ni en su novia, ni en el mundo y sus jodidas reglas.
Avanzó unos pasos hacia el interior de la habitación, al caminar la lana mojada de la alfombra hizo un ruido extraño y se detuvo en seco aterrado. Catharine se giró bruscamente, su cabello de fuego voló a su alrededor enmarcando una hermosa escena para Charlie. La mujercilla respiraba agitada y confusa tratando de taparse con las manos, pero se fijó entonces en su hermano: casi desnudo, mojado, con el pelo chorreante cayendo sobre su rostro, su piel clara, sus pecas, su cuerpo, reflejo fiel de los entrenamientos... y aquel tatuaje de Fuck me hard and set me free en el antebrazo hecho en una noche de borrachera que mami Fermant quería eliminar a toda costa. Sexy, caliente y deseable era la mejor descripción.
Se acercó a su cama, cogió la toalla y se envolvió en ella. Caminó hacia la puerta nerviosa, pero se detuvo junto a Charlie posando la mano sobre su pecho mojado. Él se estremeció.
-¿Has... has dejado gel suficiente? -preguntó una balbuceante Catharine mientras deslizaba las manos sobre los hombros de su hermano.
Charlie, visiblemente más alto, dio un paso hacia ella y le rodeó la cintura muy suavemente.
-Sí, queda bastante -respondió entre murmullos.
Ella aproximó los labios a su rostro y provocó un roce prácticamente imperceptible. La estrechó más fuertemente. La tensión del ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero la tentación podía más. A punto estuvieron de besarse y romper con todos los tabúes, pero Catharine se separó azorada y abandonó el cuarto.
Charlie se sintió como un imbécil rematado, había estado a punto de profanar aquel vínculo sagrado entre hermanos del que sus padres le habían hablado tantas veces. Pero, ¡demonios!, no importaba, él quería hacerlo, y todo lo demás daba igual. Porque para cuando se atrevió a abalanzarse sobre los labios de su hermana ella ya estaba metida en la ducha.
Bajo el chorro de agua templada Catharine reflexionaba sobre lo que acababa de ocurrir. Definitivamente estaba mal, muy muy mal, terrible. ¿Qué diría su madre? ¿Qué dirían sus amigos?. Y por encima de todo, ¿de qué le servía lamentarse si sabía que Charlie la hubiese correspondido?. Cerró el grifo y, envuelta de nuevo en el impoluto lienzo blanco, regresó al cuarto.
Y la escena que la esperaba en él era no sólo perturbadora, sino también inesperada. Aquel calorcillo intenso que anhelaba sentir subió por su espalda. Ante ella Charlie sentado en el borde de su cama, la toalla escarlata en el suelo, el cabello todavía húmedo y sus manos moviéndose furiosas sobre su entrepierna. Se adelantó un poco, el pelo le goteaba y el agua parecía bajar por sus piernas acariciándolas. Su hermano la oyó, la miró y detuvo en seco sus movimientos poniéndose tan rojo como su uniforme del equipo.
-Cath... Cath, ¿qué...?
Ella lo miró a los ojos, aquellos bonitos y grandes ojos azules, y se sintió tan bien, que no pudo evitar actuar de la manera en que lo hizo.
Abrió la toalla de par en par, despacio, para que Charlie disfrutase del espectáculo. Él no reaccionó, simplemente permaneció quieto en su lugar. La mujer caminó con gesto melancólico hacia él y se colocó entre sus piernas. Su hermano pareció despertar y elevó la vista clavándola sobre ella. Sus manos viajaron sin rumbo hasta toparse con su cintura, atrajo a la mujer más hacia él y reposó la cabeza húmeda sobre su vientre. Ella le acarició el pelo con la ternura de una madre y se separó un poco.
-Charles... -musitó.
Charlie sólo tuvo tiempo de ver cómo se arrodillaba ante él antes de sentir su aliento cálido sobre la punta de su sexo. Trató de entender qué estaba ocurriendo, pero los dedos de su hermana no lo dejaron pensar, tan sólo suspirar.
Catharine palpó la extensión, extasiada por las emociones que le provocaba el estar haciendo aquello. Sujetó entonces los testículos con la mano izquierda y la suave polla con la derecha, apretándola poco a poco y deslizando los dedos hacia la base. Observó bien toda la zona y se decidió: ya no había vuelta atrás.
Se humedeció los labios y miró un segundo a Charlie, que parecía expectante ante el próximo movimiento de la pequeña pecadora. Sin apartar la vista de sus ojos, ella depositó un pequeño lametón sobre la punta. Su hermano pareció sufrir un espasmo violento pero se controló y trató de calmarse. Los labios de Catharine se abrieron entonces, muy húmedos y acogedores, y, desde la base, lamió hacia arriba y rozó muy levemente con los dientes la piel a su paso, simulando morderle. Tal acción le valió un gemido ronco al pobre chaval. Ella dejó correr la saliva por todo su sexo y la extendió con la mano realizando lentos movimientos ascendentes y descendentes.
Sonaba delicioso.
Mientras tanto, con la otra mano, arañó suavemente la piel ya tensa de los testículos y con el pulgar buscó bajo ellos aquel hueco que sabía que producía tanto placer, rozándolo y presionándolo ligeramente.
Charlie se abandonó a sus gemidos, arqueó la espalda y cayó sobre la cama con los brazos extendidos y expresión feliz, mientras cerraba fuertemente los ojos concentrándose en la lengua de su hermana, que ya se desplazaba firmemente deteniéndose a veces para esparcir besitos tiernos y otras para humedecer más la zona. En uno de sus balanceos hacia arriba Cath no se detuvo: introdujo en su boca todo el glande.
-Catharine, ohhh, Dios mío, Cath, ¡CATH!
Deleitándose con las súplicas de su hermano, Catharine continuó lamiendo la punta deteniéndose unos momentos justo en el centro y observando de lejos el rostro de Charlie, contraído por el placer.
-Charlie, cariño... te gusta ¿verdad?...
-Cath, por Dios... -rogó él- eres cruel...
La mujer realizó complejos dibujos con la punta de la lengua sobre los bordes del glande repetidas veces, insistiendo en las partes más próximas al centro, del que comenzó a brotar un líquido claro que Cath saboreó gustosa.
De nuevo se introdujo la punta en la boca y la dejó allí unos segundos, apretando el agarre cada vez más. El profundo gemido de Charlie le dejó saber que estaba disfrutando del experimento. Y fue entonces cuando la inocente Catharine Fermant, totalmente de improvisto, bajó la cabeza rápidamente y metió en aquella boca que su hermano sentía arder tanta extensión como pudo, llegando casi hasta la base.
Nunca en su vida había oído su nombre gritado con tanto ahínco, con tanto cariño. El cuerpo de Charlie convulsionaba inquieto notando agradables hormigueos que lo hicieron reír.
Catharine se sintió feliz, plena. Se deslizó hacia atrás captando ahora sólo la punta y succionó como si de un caramelo se tratase; y no tuvo más remedio que admitir que la erección de su hermano parecía oscilar entre la furia y la histeria. Llevó la mano hasta la base, apretó con ganas y pareció que se volvía más brillante y sedosa. Probó nuevos movimientos y técnicas variadas, se divirtió experimentando y oyendo a un enloquecido Charlie.
Éste supo que no aguantaría más, que necesitaba descargarse, y anhelaba tanto hacerlo que no se le ocurrió avisar a Catharine.
-Oh, Cath... te quiero, ¡te quiero, preciosa!
Varios chorritos de semen salieron disparados mientras se agitaba entre las sábanas y gritaba descontrolado. Un orgasmo perfecto de la mano de su depravada hermana. No podía pedir más. Ella serpenteó sobre su cuerpo y se echó sobre él para abrazarlo.
-Y yo a ti, Charlie, y yo a ti...
Él la rodeó con sus brazos y esparció besos cálidos sobre su cabello y rostro, limpiándole las mejillas y el contorno de los labios.
Porque Charlie Fermant se había corrido en la boca de su hermanita gritándole lo mucho que la quería mientras abajo, en la cocina, la señora Fermant se felicitaba orgullosa de haber fomentado el respeto entre sus hijos con sus sabias enseñanzas.
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